Los Samurais: guerreros de la espada y el pincel

Los antiguos guerreros samuráis eran altamente educados desde pequeños no solo en el camino de las artes marciales sino también en el camino de las artes. Entre las enseñanzas que debían aprender se encuentran el arte de la pintura a tinta (caligrafía y el sumi-e),  la ceremonia del té, la lucha de espadas, el tiro con arco como fundamentos en el camino del zen japonés. Los Primeros profesionales de Sumi-e eran monjes altamente disciplinados entrenados en el arte de la concentración, la claridad y la sencillez, dedicándose al arte con gran intensidad espiritual por largos años de reflexión seria y estricta disciplina.

Estas disciplinas practicadas por los samuráis y que en apariencia son tan diferentes, siguen el mismo propósito: el control de las distracciones, el dominio de sí mismo y finalmente la liberación del talento interior.

Cualquiera de estos caminos exige una dedicación de años y una entrega total, no existe un fin, pues la existencia de este implicaría una meta que alcanzar, lo importante es el camino recorrido. Tal como en los katas en las artes marciales al practicar shodo o sumie se debe manejar la postura, controlar la respiración, dominar las herramientas hasta alcanzar una integración vertiendo la energía sobre en el papel. Repetir, repetir y repetir los ejercicios hasta que las extremidades pierdan su torpeza y se liberen de sus limitaciones. Cometer errores, aprender a soportarlos y aprender de estos. Esta práctica esta basada en los principios de la estética zen:

-Fukinsei, asimetría. La perfección es presuntuosa y rígida, la asimetría es libre y respira.

-Kanso, austeridad. Es mucho más difícil trabajar con pocos elementos, pero el resultado es superior.

-Koko, la pátina. Las cosas viejas, maltratadas por el tiempo, son mucho más interesantes que las acabadas de hacer. Las cicatrices y huellas, las superficies gastadas, dicen mucho más y son más hermosas.

-Shizen, naturalidad. En la naturaleza  las cosas surgen espontáneamente y por eso son auténticas.

-Yuugen, profundidad. El arte no trata de apariencias. Si las formas no reflejan lo que llevan en el fondo, no transmiten nada. Hay una totalidad más allá de los detalles

-Datsozoku, desapego. Las emociones inmediatas distorsionan el arte. Si se practica libremente prescindiendo del resultado, se abre el canal para que el talento auténtico pueda expresarse.

-Seiyaku, serenidad. Es el resultado de lo anterior. Con la mente como un estanque quieto, la piedra lanzada producirá ondas perfectas.

Hay un elemento esencial en el arte zen: el vacío (ku). El vacío es el papel en blanco, en el que los trazos negros muestran lo visible, abarcando el aire y el espacio sin el cual no podrían manifestarse.

Para la practica del shodo y del sumie se querieren de algunos materiales, los cuales reciben el nombre de Los Cuatro Tesoros del Erudito (Bunbou Shishou), y son:

Sumi – la tinta: en forma de barra, la tinta negra se deshace en agua para formar una gama infinita de grises, que sustituyen los colores. La tinta tiene una cualidad acuática, fluye por el papel y deja un rastro como una corriente.

Suzuri – el tintero: tiene una parte elevada, oka (colina), donde se frota la barra de tinta, y otra profunda, umi (océano), donde se recoge. Los mejores son de piedra y su superficie es ligeramente rugosa para moler las partículas de tinta de forma adecuada. Su tacto y el sonido que produce son sus mejores cualidades. Como el lecho del río, tiene la cualidad de la piedra.

Fude – el pincel: hay diferentes modelos, pero con uno basta, tanto para las líneas gruesas como para las finas, si se sabe manejar la presión, la velocidad y el grado de humedad. Sujetándolo verticalmente al papel o con una inclinación de 45º, no se han de mover los dedos ni la muñeca: todo el movimiento debe venir del hombro y del codo. Suele ser grande y estar hecho con pelos de animales. La suavidad con la que acaricia el papel le hace parecer un ser vivo. Los antiguos maestros hacían un funeral para sus pinceles viejos y los incineraban en los templos.

Kami-el papel: suele ser el famoso papel artesanal japonés, el washi. Son esenciales su absorbencia, su textura, la forma en que reacciona al recibir la tinta. Las fibras del arroz o de las plantas que se dejan entrever en él recuerdan su origen vegetal.

En el manual de pintura chino “El jardín de la semilla de mostaza”, que llegó a Japón en el siglo XVII, se establecían cuatro elementos naturales para seguir un aprendizaje completo del sumi-e. Se les llamó Los Cuatro Honorables Caballeros (Shikunshi) y se debían aprender por este orden:

-Ran, la orquídea silvestre. Está compuesta de trazos espontáneos y sueltos. Hojas delgadas y flores de diminutos pétalos.

-Také, el bambú. Para dibujarlo son necesarios movimientos enérgicos. Cañas gruesas con secciones muy marcadas, hojas que se abren como abanicos.

-Ume, el ciruelo florido. Es un tronco nudoso en que se utilizan técnicas de aguada para darle textura. De él brotan flores delicadas hechas con pinceladas muy suaves.

-Kiku, el crisantemo. Es la flor japonesa por excelencia y para pintarla se requiere conocer todas las técnicas anteriores.

 

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