KOBUDO PARA CHICOS, SÍ O NO

Bunkai

Con la popularidad de las artes marciales de manos vacías como el judo, el karate y el taekwondo, la idea de que la práctica de estas actividades era favorable para los niños caló profundamente en la opinión pública. Esta idea comprobada con hechos es hoy por hoy una realidad que se ve reflejada en el número creciente de estudiantes menores de cinco años en los dojos.

Sin embargo, cuando hablamos de artes marciales como el kendo o el kobudo que utilizan en su desarrollo “armas”, algunos parecen ver con horror que los más pequeños asistan a estas clases. Mientras tanto, en Japón, la práctica de kendo se desarrolla desde la más tierna infancia. Niños de cuatro años empuñan con sus manitas sables de bambú, aprovechando así su capacidad retentiva para un camino que continuará hasta la adultez.

¿Cuál es la diferencia entonces? ¿Acaso los niños japoneses son superdotados y los latinoamericanos no? ¿O los padres japoneses son unos inconscientes?  La respuesta está en la concepción vacía que se tiene acerca de la práctica y en la superficialidad con la cual algunos suelen verlas.

El kendo y el kobudo son nombres cuya última sílaba es DO. Do significa camino o vía, cuya traducción más acertada es sendero de desarrollo. Se trata pues de actividades cuyo propósito es perfeccionar el espíritu y el carácter a través de su práctica, para devolver a la sociedad personas íntegras.

Quedarse solo en el concepto de “armas” es una visión pobre. Más bien se trata de herramientas a través de las cuales quienes practican obtienen beneficios físicos y psicológicos, siempre y cuando las clases estén dictadas por senseis calificados no solo técnicamente sino también moralmente.

Si las artes marciales se practican y enseñan solo como un deporte, como quien va a un gimnasio de pesas a sudar y ganar cuerpo, entonces pierden su verdadera esencia, que es el contenido filosófico sobre el cual fueron creadas; y en ese caso pueden resultar perjudiciales, exaltando el ego, la revancha y la violencia. Pero si se transmiten con todo el contenido, el resultado será personas más humanas, compasivas y en paz.

Las artes marciales no son un deporte, son cultura. Por medio de ellas se conoce la historia de sus orígenes y las condiciones en que estas surgieron, el idioma, la espiritualidad, la cortesía  y la idiosincrasia de una sociedad cuyos valores son hoy más que necesarios.

Los chicos son ante todo personas, y son capaces de aprender y desarrollar capacidades según los desafíos que se les presenten. Dedicarles el tiempo que se merecen es ayudarlos a construir su confianza y valorarlos como los seres humanos que son.

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